Opinión

Una familia, dos tragedias, una esperanza

Una familia, dos tragedias, una esperanza
Ubaldo Diaz

Esa pequeña galería era única, toda una obra de arte; ni los chinos acostumbrados a su fabricación en serie y en el cenit de su codicia podrían igualar el trabajo de doña Betty.

Conocí a los Prasca Severiche, reconocida familia de Magangué – Bolívar a mediados del año 2008 por medio de su hijo Julio César, el penúltimo de esa generación. Recuerdo que ese año me compartió un corto video de escasos segundos acompañado de un relato donde aparecía como protagonista una pequeña serpiente que nadaba en contra corriente sobre un chorro de agua que se había filtrado en la casa o lugar donde él trabajaba. Con pedido de urgencia me escribía que lo mirase para que a cuatro manos pudiésemos escribir una crónica o denuncia para los noticieros porque desde hacía varios meses la mayoría de las casas de esta población Barbosa – Bolívar, a la cual se llegaba partiendo desde el puerto de Magangué en una chalupa impulsada por un potente motor de 200 caballos de fuerza, estaba con el agua a los tobillos producto del desborde y de la arremetida del río Magdalena. Él se encargaría de la parte audiovisual y yo de la narrativa de la inundación en ciernes.

En esos días busqué algo sobre el río y sus inundaciones y me encontré con algunos apuntes del maestro Orlando Fals Borda cuando escribía sobre el hombre riano, hombre que vive del día, de la dinámica de ese rio que le prodigaba su sustento diario – el hombre hicotea, un ser que puede habitar tanto en el agua como en tierra -.

Una tarde telefoneé a Julio César y le dije sin remordimientos: “hermano dejemos de ‘bobear’ con ese tema”. Muchas de esas poblaciones que están a las orillas del río se le han metido a este último y tarde que temprano éste reclama lo que es suyo, lo que le pertenece, sin contar la deuda social y ecológica que tienen con la región los grandes y pequeños latifundistas que de manera casi delictuosa han corrido cercas y alambres, levantando jarillones, secando ciénagas y caños.

Después de esa llamada, nos dimos cita en una cafetería bajo el humo de dos tazas de café para seguir profundizando sobre las inundaciones que sucedían cada año en la región. Descubrimos que La Mojana, las ciénagas y humedales que circundan a Magangué, han sido una especie de colchón, de esponja que absorben y amortiguan toda la carga de las aguas provenientes de los tres ríos que confluyen en esa zona: el Magdalena, el Cauca y el San Jorge. Los indígenas que habitaron la eco-región de La Mojana durante siglos habían aprendido a convivir con las inundaciones, como lo han hecho hasta el momento los Países Bajos.

Precisamente en esos días, se cumplían más de medio siglo desde que se elaboraron los primeros estudios serios para dicha región en el manejo y control de las aguas como lo hizo la misión Colombo – holandesa en el año 1977; en el mismo nivel de importancia, vinieron los de una universidad pública muy acreditada en nuestro país. Desafortunadamente, la interlocución con los pobladores recayó sobre los políticos y sabíamos de antemano lo que pasaba con ellos cuando aparecían en escena. Ante ese panorama, abortamos la idea de escribir a cuatro manos el anhelado manifiesto, no sin antes sonreírnos al saber que había más de medio millón de estudios sobre el asunto. Ahí en ese punto dimos por concluida la tertulia.

Desde ese día nació una amistad con Julio César puesta a toda prueba a pesar de los años y la distancia. Su familia me adoptó como un hijo más. La casa de los Prasca en Magangué se convirtió en mi segundo hogar donde podía llegar a cualquier hora y entrar sin tocar. Al fondo de esa acogedora casa, siempre veía a Doña Bety, mamá de todos ahí, en una especie de taller rodeada de fileteadoras y máquinas de coser, bordando, confeccionando disfraces para niños y niñas.

Una solitaria tarde entré a pie juntillas y le interrumpí: “doña Bety, ¿no se aburre aquí sola cosiendo?” Sin mirar, me respondió: “si esto es lo me gusta hacer, ¿por qué debería aburrirme?” y, levantando los ojos por encima de sus lentes, me enseñó una pequeña galería de disfraces que estaban listos para entregar. Como en la baticueva de Batman, juntos recorrimos donde permanecían los disfraces, esperando a los infantes para transportarlos al fantástico mundo de la felicidad y la imaginación. Me detuve por largo rato a contemplar uno que me llamó poderosamente la atención y era el de Alicia en el país de las maravillas al lado de un hada madrina. Estaba ahí detrás del cristal de esa vitrina como extraído de un cuento de hadas. Esa pequeña galería era única, toda una obra de arte; ni los chinos acostumbrados a su fabricación en serie y en el cenit de su codicia podrían igualar el trabajo de doña Betty, ya que ella los confeccionaba con pasión y amor, jamás por dinero. Sabía de antemano que no padecían apuros económicos. Ese día entendí que cuando un ser humano descubre su vocación en lo que hace, es feliz y hace feliz a los demás.

Conocí a don Luis Prasca, padre fallecido, al lado de su esposa e hijos en olor a santidad el anterior diez de noviembre. Era un marinero jubilado descendiente de un legendario cura polaco llamado Wenceslao Prasca que había emigrado a estas tierras tropicales a mediados del siglo pasado posiblemente huyendo de la arremetida de la cruz esvástica que un lunático y perturbado alemán había echado a cabalgar por toda Europa. Don Luis había bregado durante toda su vida en los remolcadores de la época trasportando personas, semovientes, arroz desde la mojana sucreña y bolivarense hacia Magangué por las aguas del río grande de la Magdalena adentrándose por las aguas diáfanas del caño Mojana. Una tarde, ya jubilado, lo vi en la orilla de ese río bajo un crepúsculo anaranjado observar con ojos de asombro cómo subía una flotilla de remolques parecidos a unos portaviones pertenecientes a la naviera de una multinacional suiza que tiene su puerto en Barrancabermeja y que lleva el nombre de un antílope que corre las sabanas africanas a casi 100 km/h. Con la inocencia de un niño que descubre algo nuevo, señaló a uno de los acorazados: “en mi época, no eran así” – “¿Por qué don Luis?” – le interrumpí. “Porque los remolcadores de mi época también transportaban historias de amor; ahí no creo que haya espacio para el amor”, remató con entusiasmo.

En cubierta se paseaban varios hombres que al parecer eran militares y que resguardaban la flotilla. Los nuevos acorazados que subían lentamente por el río seguramente estarían equipados con modernos equipos satelitales y salas automatizadas para dirigir su curso, el cual les indicaba cuando debían retroceder o avanzar ante un banco de arena, cosa que no sucedía en la época del capitán Prasca a quien le tocaba halar una cuerda que hacía sonar una pequeña campana en la parte baja de la lancha para avisarle al maquinista cuándo debía acelerar o retroceder. El hombre que se internaba en ese oscuro cuarto estaba condenado a ser sordo para toda la vida por la vibración de ese ruido infernal de los más de 600 caballos de fuerza con la cual bramaba la lancha llamada “Martha Cecilia”, timoneada de manera magistral por el capitán de boina y pipa Luis Rodolfo Prasca Tafur.

Para la época del capitán Prasca, muchos matrimonios se consumaron en esas lanchas o remolcadores por los azares del destino y los caprichos de Cupido que también viajaba con su aljaba repleta de flechas. En uno de esos innumerables viajes al atracar en un puerto, conoció a Doña Bety, quien fue su esposa por 48 años. Ella era una joven proveniente del linaje de una reconocida y prestante familia, los Severiche Mejía del municipio de Sucre – Sucre en La Mojana. Le habían prohibido de manera terminante hablar con el “marino” o “el capi” como cariñosamente le llamaban sus amigos y pasajeros, que comenzaba a asediarla por medio de carticas de amor enviadas por el mejor correo certificado de la época llamado “amiga”, de ahí que su familia la trasladó a Sincelejo a un internado de monjas para evitar cualquier tipo de contacto. Al final, como suele suceder en esos amores imposibles, ese pequeño ángel siempre termina disparando sus flechas.

En el año 2020 en pleno pico de la pandemia, Julio César me envió un mensaje de urgencia para ver si podíamos hablar. Nuestra comunicación inicial siempre ha sido “viejo ey”; cuando aparece esa frase así, cada uno entiende que hay un mensaje importante para trasmitir.

– “Cuéntame”, le dije.

– “Es que te tengo un ranking de series y películas para compartirte y están en una nueva plataforma de streaming que está dando furor”, anunció. Ambos hemos sido cinéfilos a toda prueba.

 – “Envíamelas”, le respondí. El asunto quedó ahí. No abrí dicha plataforma ya que estaba terminando de leer “Suave es la noche” de Fitzgerald. En esos días de confinamiento, me llamó un periodista y amigo escritor tal vez agobiado por el encierro y las murgas de su mujer. Y me preguntó en qué andaba. Le comenté sobre la obra de Fitzgerald y compartí que pensaba ver algunas películas que me habían recomendado en una nueva plataforma. Su respuesta fue un poco draconiana: “no te envicies en esa basura, no vale la pena” y me recomendó dos libros que recientemente había devorado, “Esperando a los bárbaros” y “Desgracia” de Coetzee, un escritor surafricano laureado con el Nobel de literatura en el año 2003. Le obedecí. Conseguí ambas novelas con premura para los días del confinamiento. Una de esas editoriales casi me estafó en el envío porque argumentaba que no eran productos de “bienes y servicios”.

Las leí de un solo tirón. Al final, le escribí a Mauricio Arroyave que tiene un podcast llamado “El ojo nuclear”, muy bueno, del carajo, sobre reseña de libros en este portal, recomendándole “Desgracia”. Me respondió con un emoticón con cara de pesar que no había sido capaz de terminarla de leer, tal vez por el drama que vive el protagonista de esta corta novela, David Lurie, un profesor universitario de literatura que en el meridiano de su existencia decide dejar todo por un idilio con una de sus alumnas. La universidad le abre un proceso o juicio y el profesor David asume una actitud de indiferencia, parecida a la asumida por “Meursault”, el protagonista del extranjero de Camus; el profesor decide dejar todo tirado e irse a vivir a una remota aldea con su hija lesbiana con la cual ha tenido poca comunicación. Todo termina mal. No soy bueno para las reseñas; se la dejo a Mauricio por si algún día se anima.

En estas vacaciones de fin de año, cierto día llega a mi teléfono móvil la foto de una película donde aparecía el actor Leonardo Di Caprio rodeado de otros protagonistas con la mirada elevada al cielo. El título de la comedia era “Don´t Look Up”. La foto terminaba con una pequeña frase: “imperdible, no dejes de verla para una buena crítica social”. Era Julio César quien me la enviaba. No le hice caso, porque a esa hora atravesaba con una amiga el umbral de la puerta de un cinema con la expectativa de vernos el fin de la saga “Matrix Resurrections”. Abandonamos la sala media hora antes de terminar la función, cabizbajos y desencantados ante semejante “hueso”. Al día siguiente, me preguntó cómo me había ido con Matrix y le respondí: “sin palabras”. Sonriendo, sentenció: “Hollywood tiene los días contados, estas plataformas streaming le están pisando los talones, le respiran en la nuca”. Acordamos reunirnos para hacer ahora sí, un artículo o crónica a cuatro manos argumentando el por qué el cine tenía los días señalados; en ese corto diálogo, incluso le habíamos encontrado un título: “érase una vez Hollywood”. La parte de la investigación que me correspondía consistía en hacer como especie de abogado del diablo para argumentar por qué tendríamos Hollywood para rato. El haría la antítesis.

Al parecer ese nuevo proyecto iba a quedar malogrado nuevamente como quedó el de la pequeña serpiente que chapoleaba sobre la corriente de agua, en las brumas de los recuerdos. Esta semana me llegó una escueta frase de Julio César donde me decía: “acaba de fallecer mi hermano Iván Darío”. Quedé sin palabras. Su hermano, miembro de la Policía Nacional, había fallecido en un trágico accidente de tránsito en la fría madrugada de este domingo 23 de enero entre Magangué y San Pedro – Bolívar. Dejó huérfana a una pequeña niña que lleva el nombre de un ángel; solo pensé en Doña Bety, en su dolor. No he sido capaz de llamarla porque sé que cada ser humano guarda el duelo, el dolor en el alma.  Solo quiero decirle a Luis Fernando, Juan Pablo, Leane Carolina y a Julio Cesar, que también son mis hermanos, que estoy aquí, que nunca me he ido. Y que “el capi” Prasca, como cariñosamente le llamábamos a su papá, desde el cielo sigue timoneando la barca de la familia. “Para que en el atardecer de nuestras vidas”, como lo escribía bellamente San Juan de la Cruz, lleguemos todos a buen puerto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Publicaciones relacionadas

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba